¡Ni una más!

Ni una masYo tenía trece años, cuando a un par de cuadras de mi casa, camino a la tienda a un mandado de mi madre, un hombre, mucho más grande que yo, metió su mano a mi pantalón con la intención de agarrarme la nalga. La mano agarró poco más que eso.

Me acuerdo sentirme muy avergonzada, confundida, recreando cada paso de ese camino, pensando que si era yo la que no había sido precavida, pensando si el pantalón era entallado y eso lo había provocado, pensando si debí haber previsto que algo así podía suceder. Me acuerdo la rabia de mi madre. Me acuerdo de tener miedo de volver a ir a la tienda por algunos días. Me acuerdo sobre todo de la sensación de sentirme transgredida.

Las mujeres no somos objeto de deseo. Podemos ser deseadas, como los hombres pueden ser deseados, pero no somos objetos andantes con nalgas y vaginas y senos esperando a ser tocados. No por usar un pantalón ajustado o una falda muy corta merecemos que alguien se sienta con el derecho de usurpar nuestros cuerpos. No somos objetos de abuso, no por que los hombre sean más fuertes pueden usarnos para descargar su rabia.

Las mujeres queda claro, a lo largo de la historia, somos tan capaces intelectualmente y físicamente como los hombres. Gracias a la biología, somos capaces de procrear vida dentro de nuestros cuerpos. Eso sigue siendo un proceso que con todo y haberlo vivido, me sigue pareciendo casi milagroso y un enigma que nadie en realidad hemos descifrado.

Hemos dejado claro en los últimos siglos que queremos igualdad y la hemos logrado, pero no para todas. En las zonas marginales la historia es otra, muy distinta, que no tiene que ver con oportunidades laborales si quiera, que tiene simplemente que ver con justicia.

Día a día, miles de mujeres alrededor del mundo, desde los países del primer mundo hasta los más pobres, sufren de abuso físico y emocional. Son violadas, golpeadas, despojadas y alienadas de sus comunidades. Muchas otras son asesinadas, abandonados sus cuerpos como basura. Le llamamos “violencia doméstica”, a esa que sucede cuando el marido les deja el ojo morado o los padres las maltratan y hacen menos. Pocas son las valientes que denuncian, la mayoría no cree que haya justicia, muchas creen que se lo merecen.

A mi un tipo en la calle me metió la mano al pantalón, la deslizó casi tocando mi vagina y agarró con fuerza mi nalga. A 25 años de que eso sucedió me acuerdo muy bien de ese detalle. Me acuerdo muy bien de la vergüenza y me acuerdo muy bien de que pasó un tiempo para que yo volviera a ponerme esos específicos pantalones.

Podría parecer hasta banal, pero no lo fue mis queridos 13 seguidores y los muchos otros que se asoman por aquí. Para una yo-treceañera fue suficiente como para creer por mucho tiempo que yo, con un cuerpo un tanto más desarrollado que otras mujeres de 13, años tenía que ser cautelosa siempre de como vestir y como caminar para no provocar que algo así me volviera a pasar.

Género femenino. Objeto de rechiflas de albañiles cuando pasas por una obra, objeto de maltrato de hombres ignorantes, cuerpos para ser penetrados. Biológicamente capaces de crear vida, de la que tan fácilmente muchas de nosotras han sido despojadas.

¡Ni una más! Ni una más de las nuestras que muera por abuso.
¡Ni una más! Ni una más de las nuestras que permita un golpe.
¡Ni una más! Ni una más de las nuestras que tenga que cuidarse de como vestir y como caminar.

¡Ni una más!


Mujer, mamá, compañera, productora, hija. Escribo porque sí. Sin aspiraciones de grandeza, sin aspiraciones de trascendencia. Escribo en el intento de articular lo que pasa en mi cabeza. Escribo como desahogo, como terapia, como ejercicio. Escribo lo que pienso, lo que me gusta, lo que frustra, lo que anhelo. Escribo, así nomás.

Enviar Comentario