México lindo y querido

Si muero lejos de ti
bANDERA DE mexico
Que me entierren en la sierra
al pie de los magueyales 
y que me cubra esta tierra 
que es cuna de hombres cabales. 

 

 

Nacer ya es una casualidad. Nacer de un género, color y tamaño es trabajo que compete a la genética. Nacer en un punto geográfico determinado del mundo compete a quienes nos procrearon. Pero en medio de esa casualidad, nos compete a los nacidos asumir quienes somos y de donde somos. Yo soy mujer, blanca y de estatura promedio considerando que soy mexicana.

Soy mexicana, nacida en territorio mexicano en el que llevo habitando 38 años. Hace 30 años el México de mi memoria era similar (y no) al de mi presente. Desde entonces la economía era algo de lo que hablaban los adultos: las crisis, las deudas externas, la fluctuación del peso ante el dólar americano, al que López Portillo aseguró defendería como perro. Conforme pasaron los años y mi entender de la vida aumentaba, gracias a las platicas de sobremesa que me fascinaban de los adultos contemporáneos a mis padres, entendí que el mismo partido político ganaba sexenio tras sexenio en el marco de la democracia.

Me tocó vivir de cerca como se gestaba un partido político, el PRD, me tocó también vivir el asesinato de uno de los adulto cercanos, miembro del grupo que gestó ese partido. Paralelo a las conversaciones adultas, estaba la educación escolar: los lunes de honores a la bandera en uniforme de gala; Miguel Hidalgo, el gran héroe de la patria que nos dio la independencia; Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur a quien debemos la “tierra y libertad”; Benito Juárez, el Benemérito de las Américas con su resonado “respeto al derecho ajeno es la paz”. Había entonces para mí, dos Méxicos, el de los adultos que estaba lleno de incongruencias y el que me pintaban en la escuela que estaba lleno de grandes proezas. Por ahí de la adolescencia encontré que México también tenía en su historia episodios muy dolorosos como la matanza de Tlatelolco del ’68. El gobierno sitió a los suyos y los mató por revoltosos, para luego echarse en sus laureles olímpicos. Me dio mucha vergüenza, mucha tristeza.

Empecé a creer que ese partido que llevaba años en el poder tenía que dejar la silla y tocaba el cambio. Eran finales de los ochenta, Cuauhtémoc, el hijo del gran Lázaro podía ser el primero en la alternancia. Pero no sucedió, nos sucedió Salinas y el engaño en el que todos, incluidos los adultos contemporáneos del círculo de comidas de fin de semana de casa de mis padres cayeron. De ahí pasó Zedillo y la crisis aquella que casi me saca de la universidad.

Para entonces México me tenía muy enojada. Sin embargo, nunca pensé ni he pensado en realmente irme de aquí. Entonces pasaron los 12 años que el PRI le prestó al PAN para experimentar en el gobierno. Los últimos seis, los del paisano michoacano, fueron los peores.

Ahí si que me quedó claro que Méxicos había varios y que hay quienes sólo están dispuestos a ver una cara de la moneda, quienes desde la comodidad de sus vidas privilegiadas quisieron creer que aquí no pasaba nada y que el progreso era pujante y que el costo de ello era la guerra. Una guerra para muchos mal nombrada y para otros invisible.

Pero en esos seis años yo tuve un hijo, mexicano, varón, blanco como su madre, mexicano como su madre. De nuevo la casualidad genética me unió a esta tierra. De vez en vez me acuerdo de los adultos contemporáneos, cuando me escucho hablando de la desaceleración de la economía y los gasolinazos.

El PRI está de vuelta y el escenario en ese sentido al menos se parece. Me pregunto que piensa mi mexicano hijo, él apenas está por aprender la historia del país de la bandera de tres colores, él quiere vestirse de mexicano (lo que sea eso signifique) y festejar la gran fiesta de su país, él todavía no ve las incongruencias y él canta con orgullo y respeto el himno de su México.

No quiero morirme lejos de México. Más allá de pertenencias geopolíticas, no quiero irme de aquí, no al menos sin luchar por equidad, por justicia, por dignidad, por paz. Por mejores condiciones de vida para todos y no para unos pocos. Por verdadera democracia y no de esa que le conviene a unos nada más. Por verdadero crecimiento que nos permita según nuestras posibilidades, vivir como consideremos sea la mejor forma de hacerlo.

México es uno y muchos. El que me enseñaron en la escuela de niños héroes sacrificados por la patria, hasta el que sacrificó a los suyos en la Plaza de las Tres Culturas. México es el mole y también la mariguana. México es Slim y es la sierra Tarahumara. México es Televisa, pero por fortuna también es Juan Rulfo. México es verde blanco y rojo como su bandera, que a su vez también identifica al eterno en el poder.

México pareciera no ser el mismo para todos, pero nos compete a todos. Si pensamos que lo mejor es morir lejos de aquí, ¿qué va a ser de México entonces?

*Foto: Cuartoscuro www.cuartoscuro.com


Mujer, mamá, compañera, productora, hija. Escribo porque sí. Sin aspiraciones de grandeza, sin aspiraciones de trascendencia. Escribo en el intento de articular lo que pasa en mi cabeza. Escribo como desahogo, como terapia, como ejercicio. Escribo lo que pienso, lo que me gusta, lo que frustra, lo que anhelo. Escribo, así nomás.

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